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22 ago 2012

Cup of coffee

La vida de camarero es difícil. Oh, vaya si lo es. Pero es algo que jamás se sabe hasta que no se trabaja de ello en algún momento de la vida. Me tocó trabajar de camarera en algunos bares, cafeterías, restaurantes y taperías de mi ciudad, en pleno verano y en plenas fiestas, y la gente no se imagina lo que es.

No puedo decir que sea el trabajo más duro del mundo, porque no lo es. De hecho es de mecánica bastante simple, y sólo se necesita tener buena memoria y sangre en las venas, no horchata, para no dejar de moverse de un lado a otro todo el tiempo. Sin embargo es un trabajo muy poco agradecido, y sobre todo muy poco respetado.
Debe de circular algún mito erróneo sobre los camareros, leyendas que cuentan que son seres imperecederos, que no sienten dolor ni cansancio, que no necesitan dormir, ni tener vida social o familiar. No digamos nada de sus 12 brazos extensibles y los tres cerebros que les permiten hacer decenas de funciones al mismo tiempo. Creo que se piensa eso porque cuando ves a un camarero trabajando a toda máquina, eso es lo que crees ver en él, y a veces es cierto. Pero si sienten y padecen. En ocasiones una media de 12 horas diarias en pie, y no haciendo el vago precisamente, hace que uno se plantee cosas oscuras y tenebrosas cada vez que pasa cerca del los cuchillos. Estoy exagerando naturalmente.

Desde que soy camarera he dejado casi del todo el ir a cualquier local a tomar nada, al menos en las horas punta cuando se que el personal que está ahí trabajando puede estar de los nervios. O deseando cerrar para irse descansar dos míseras horas sabiendo que aún le queda un turno de otras 5 o 6 horas. ¿Sabéis qué? Cuando termináis la tertulia sentados a una mesa y os vais, cuando creéis que el camarero solo tiene que bajar la verja e irse a su casa, debe invertir otra hora más, si no más tiempo, en limpiar.

En general es un trabajo que quema mucho y baja bastante la moral, aunque en algunos, como a mi, resulta particularmente estimulante, razon por la cual cuando vamos a buscar trabajo la primera opción suele ser siempre la misma. Lo cual, por otro lado, no quita que haya que aguantar a indeseables imbéciles que merecerían una paliza y unas clases intensivas de modales y buena educación.



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